sobre mí
Quise ejercer una forma imposible de control sobre aquello que inevitablemente se desborda. Por eso decidí pintar la incomodidad de lo cotidiano: escenas mínimas, frágiles, destinadas a desaparecer en cuestión de minutos. Sin embargo, al traducirlas en pintura, el caos empezó a convertirse en quietud. Una pincelada precisa, una composición detenida, bastaban para transformar el ruido en poesía.
Hoy entiendo la pintura como una manera de domesticar el vértigo y de convertir aquello que me desbordaba en un lugar de quietud.
Necesitaba preservar esos instantes efímeros de los espacios que habito, otorgar permanencia a lo transitorio, como si al inmovilizarlos pudiera también reconciliarme con ellos. Encontrar belleza en el desorden, habitarlo sin miedo. Comprender que incluso lo incómodo puede contener una extraña forma de armonía cuando se mira más allá de la superficie.