Quise ejercer una forma imposible de control sobre aquello que inevitablemente se desborda. Por eso decidí pintar la incomodidad de lo cotidiano: escenas mínimas, frágiles, destinadas a desaparecer en cuestión de minutos. Sin embargo, al traducirlas en pintura, el caos empezó a convertirse en quietud. Una pincelada precisa, una composición detenida, bastaban para transformar el ruido en poesía.